Un
día estaba tumbado en la arena cuando percibió por el rabillo del ojo algo que
se movía. Era un barco de remos y en él iba la mujer más hermosa que él había
visto jamás.
Ella
llegó remando hasta él y le preguntó asombrado:
-
"¿De dónde has venido?, ¿cómo has llegado hasta aquí?".
-
" Vengo remando desde el otro lado de la isla. Vine a parar aquí cuando mi
barco se hundió", respondió ella.
-
"Asombroso", dijo él. "No sabía que hubiera habido más
supervivientes. ¿Cuántos sois? Habéis tenido mucha suerte de que la mar
arrojara a vuestra playa esta barca de remos".
-
"Estoy yo sola", dijo la mujer. "La mar me llevó a esta playa
sin nada de nada”.
Él
estaba confuso y preguntó:
-
"Entonces, ¿cómo has conseguido la barca?".
-"Es
fácil", repuso la mujer."Yo misma hice la barca de materiales que he
ido encontrando por la isla. Los remos están hechos con troncos de árboles de
caucho, el fondo lo tejí con ramas de palmera, y los laterales y la popa está
hechos de madera de eucalipto".
-
"Pe..pe..pero eso es imposible", tartamudeó el hombre. "No
tienes herramientas, ¿cómo has podido hacerlo?".
- "¡Ah! No ha habido ningún problema en
eso," replicó la mujer. "Al sur de la isla hay unos estratos poco
comunes de roca aluvial. Me di cuenta de que sí lo calentaba al sol hasta una
cierta temperatura, podía obtener una especie de hierro bastante dúctil. Lo
utilicé para hacer algunas herramientas y, con ellas, el resto del material que
necesitaba. Pero basta ya de hablar de estas cosas. - ¿Dónde vives?".
Bastante
avergonzado, el hombre contestó que había estado durmiendo en la playa todo el
tiempo.
-"Bien",
dijo ella. "Ven conmigo a la barca y vayamos donde yo vivo".
Después
de unos pocos minutos remando, ella atracó el bote en un pequeño embarcadero.
El hombre miraba el lugar al que habían llegado. Delante de él, se abría un
camino de piedras que conducía a un pequeño bungalow
pintado de azul y blanco. Mientras la mujer amarraba el bote con una cuerda
tejida en cáñamo, el hombre solamente era capaz de permanecer de pie mirándolo
todo como atontado.
Mientras
caminaba hacia el interior de la casa, ella dijo de modo informal:
-
"No es gran cosa, pero yo le llamo mi casa. Siéntate por favor, ¿te
apetece beber algo?".
-"No,
no gracias", dijo él todavía aturdido. "Soy incapaz de beber una gota
más de zumo de coco".
-
"No, no es zumo de coco", replicó la mujer. "Tengo un refresco,
¿te va la piña colada?".
Tratando
de esconder su continua vergüenza, el hombre aceptó y ambos se sentaron en el
sofá a charlar. Después de que hubieran intercambiado sus historias, la mujer
dijo:
-
"Si no te importa, voy a ponerme algo más cómoda. ¿Te gustaría darte una
ducha y un afeitado? Hay una maquinilla de afeitar arriba en el armario del
cuarto de baño".
Sin
preguntar nada más, el hombre fue al baño. En el armario había una maquinilla
hecha de hueso tallado. Dos conchas afiladas se ajustaban a presión a ambos
lados de un eje en cuyo extremo había engarzado un mecanismo giratorio.
-
"¡Esta mujer es increíble!, exclamó el hombre. "¿Con qué me
sorprenderá la próxima vez?".
Cuando
él volvió, se encontró que la mujer llevaba como único atuendo unas hojas de
parra estratégicamente situadas y un intenso aroma a magnolias. Ella le hizo
señas con la mano para que se sentara a su lado.
-
"Dime", comenzó a musitarle con voz sugerente mientras se sentaba más
cerca de él. "Hemos estado aquí durante mucho tiempo. Te habrás sentido
muy solo. Estoy segura de que hay algo que realmente te gustaría hacer ahora,
algo que has estado añorando durante todos estos meses.
-
¿Verdad...?" dijo mirándole a los ojos directamente.
Él
no podía creer lo que estaba oyendo y dijo:
-
"¿No jodas... que puedo leer desde aquí mi periódico y mi correo
electrónico?..."
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